Donde empezó nuestra cata
Todo empezó por una apuesta de fútbol
Nadie se lo tomó muy en serio al principio. Fue solo una tarde de fútbol, un Real Madrid – Atlético de Madrid, y una apuesta entre cuñados que no iba más allá de una botella de vino. Javier defendía a un equipo, Armando al otro, y quedó claro: el que perdiera, pagaba con vino.
Perdió uno de los dos —eso, con los años, ya casi nadie lo recuerda con certeza— y llegó con su botella. Pero la familia, que había estado siguiendo la apuesta desde fuera entre risas, no se quedó mirando. Alguien más trajo otro vino. Alguien puso un poco de queso, algo de embutido, lo que hubiera por casa. Y sin que nadie lo planeara, aquello dejó de ser una apuesta entre dos y se convirtió en una tarde de toda la familia. Cuco, como siempre, cerró la jornada con un pequeño discurso, medio en broma medio en serio, que sin saberlo se convertiría en costumbre.
Eso fue hace ya más de diez años. Lo que empezó como un pique de fútbol se fue asentando, tarde tras tarde, año tras año, hasta convertirse en algo más grande: se formaron las escuelas, se puso en juego un premio, y lo que era cosa de tíos empezó a pasar a los sobrinos. Hoy son ya siete las escuelas que compiten cada año por el mejor vino y el mejor pincho, y todo apunta a que serán más. Una apuesta de fútbol que nunca se cerró del todo — y que ahora toca a la siguiente generación seguir jugando.
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Historia de la Cata Familiar
Lo que nació en una cocina pequeña fue creciendo en escuelas, delantales, libretas de notas y brindis interminables. Cada edición suma anécdotas, nuevas recetas, niños convertidos en jurado y la certeza de que Cata Familiar Bajo ya es tradición.